Las ocupaciones, dificultades, afanes, enfermedades y problemas que pueden suscitar en día a día en nuestra vida, pueden hacernos sucumbir ante nuestra fe.

Una manera de evitar que nuestra fe mengue y se desvanezca, es permanecer aferrados a la palabra de Dios, y aquello que hemos aprendido para sobrellevar las cargas que debemos cargar.

Si persistimos e insistimos en declarar la palabra de Dios sobre cada situación que nos agobia, el enemigo sucumbirá ante nuestra fe, y entonces le habremos ganado la batalla.

¡No te rindas!