La palabra hebrea para designar al idioma hebreo es עברית, forma femenina de עברי, género en el que se designan los idiomas en este particularmente.

Remite a la historia bíblica de Abraham, el primer “hebreo”, gentilicio que procede de la actitud de dicho personaje de “pasar” o “cruzar” (לעבור) su tierra natal de Ur y asentarse en el antiguo Canaán. Aquellos que se unieron a su iniciativa se denominaron hebreos, individuos que también estuvieron dispuestos a abandonar su tierra ancestral y trasladarse a otra nueva. Abraham, además, quiso “pasar” de la idolatría pagana al monoteísmo, de la desigualdad politeísta al orden monoteísta; el cambio teológico tuvo una motivación esencialmente ética: abandonar la injusticia y la desigualdad propia de una sociedad que creía en la multiplicidad de dioses y, por tanto, de valores y parámetros, a una creyente en un solo Dios que impusiera una ley y un orden parejo para todos. De ahí que en el Génesis Dios diga “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Génesis 1:26), es decir, una especie humana con un determinado sistema de valores y creencias compartidos que rija la sociedad.

Así vemos que el idioma del pueblo hebreo encarna, por un lado, el recuerdo de la convicción primigenia que lo fundó y, por otro, la intención que persigue toda lengua y que se encuentra en la esencia de su propia naturaleza: ir más allá, dejar constancia escrita de lo pasado/hebreo para que los límites espaciales y temporales no obstaculicen ni hagan olvidar el recuerdo de lo que sucedió antiguamente, eso que la humanidad se ha esforzado con ahínco por lograr a lo largo de la historia mediante el lenguaje y la escritura: trascender.

Rodrigo Varscher

Tomado de https://mensuarioidentidad.com.